viernes, 16 de diciembre de 2011

Cambio en la percepción española

¿Qué pasa en España? Desde hace unos años, el Festival de Eurovisión no se vive con la misma intensidad que al principio. Los índices de audiencia han bajado, el público ha perdido el interés. Hasta el propio proceso de selección del representante ha variado muchísimo, hasta el punto que cualquier persona (independientemente de que tuviera o no una carrera musical previa) puede optar a representar a España.

Se han usado diferentes fórmulas para reactivar el interés del público español en el certamen. Tal vez, la más exitosa fue la del concurso Operación Triunfo en sus comienzos. La primera edición del Festival de Eurovisión en la que eligió al representante siguiendo esta vía tuvo una buena respuesta por parte de la audiencia: el 77,8%. Las elecciones sucesivas no tuvieron tanto éxito.

Esta situación de desinterés del público contrasta enormemente con los años dorados del Festival de Eurovisión en España: las décadas de los sesenta y setenta. “El Festival de Eurovisión significaba un hito, una oportunidad de competir con el resto de Europa, una oportunidad para reivindicar la “españolidad” de España, esa gran “reserva espiritual” de Europa”, indica al respecto José Antonio Belmonte, que vivió aquella etapa. Preguntado sobre sus recuerdos de esa etapa, contesta: “Sin llegar a lo que suponía Nochebuena y Año Nuevo, era una noche especial en la que se cenaba algo especial. Y sobre todo, los comentarios de los mayores a favor y en contra de los países representados, obviando la calidad de las canciones y el carisma del intérprete. Casi siempre, en mi caso, escuchaba halagos para Italia, y menosprecio hacia Francia y, sobre todo, para el Reino Unido”.

Una noche especial, en la que se reunía la familia al completo e, incluso, se invitaba a vecinos que no tuvieran acceso a un televisor para poder seguir el evento. “Era una noche en la que todo el mundo se acostaba tarde, incluidos los más pequeños, y que daba tema de conversación para semanas: si se había obtenido un buen resultado, se celebraba; en caso contrario, se criticaba el mal gusto y el desconocimiento de Europa de lo que realmente merecía la pena”.

También era muy diferente, por aquel entonces, la visión que se tenía del representante de España en el certamen, como el propio José Antonio Belmonte indica: “El representante a Eurovisión se convertía desde que era seleccionado hasta el Festival en alguien importante. Por eso se le veía en TV con frecuencia, cantando, ensayando o haciendo lo que fuese, y la canción elegida se transformaba en la canción del momento. Todas las emisoras de radio la ponían, todo el mundo la tarareaba…”

Vivió las dos victorias españolas en el concurso: las de Massiel y Salomé. “La primera, en 1968 y en el Reino Unido, la de Massiel (“La, la, la”), se vivió como cuando hace un año y medio se ganó el Mundial de fútbol: era lo máximo, lo que implicaba que España era la mejor en todo, y por ello, nosotros unos privilegiados. Ese triunfo se exprimió al máximo en prensa, radio y televisión,  ensalzando los valores que defendía el régimen gobernante”, comenta sobre el triunfo de Massiel. Sobre el triunfo de Salomé, recuerda la polémica en torno a las votaciones finales: “creo recordar que Salomé (“Vivo cantando”) ganó empatada con los representantes de Países Bajos, Francia y Reino Unido, lo que ocurrió porque los últimos votos, de los jueces españoles, fueron a manos de dichos países”.

Finalmente, se le pregunta sobre el cambio experimentado en estos años. Por la pérdida de interés del público hacia ese evento que supuso todo un acontecimiento a nivel nacional y familiar. “Ya casi nadie sigue este evento, y a muy pocos les importa. Es el resultado de múltiples cambios: sociales, políticos, culturales... Ahora eso lo hace el deporte y sus competiciones, sobre todo el fútbol. Además que la oferta de acontecimientos televisados es muchísimo más variada”.

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